Jesús Hernández Garibay
El 2010 fue declarado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), Año Internacional de la Diversidad Biológica; una celebración de la biodiversidad y su valor para la vida sobre la Tierra. El Año fue declarado así por la 61ª sesión de su Asamblea General en 2006, con base en cuatro mensajes: los seres humanos forman parte de la rica diversidad de la naturaleza y poseen la capacidad de protegerla o de destruirla; la biodiversidad, la variedad de la vida en la Tierra, es esencial para sustentar las redes de vida y los sistemas que nos proporcionan la salud, el bienestar, el alimento, el combustible y los servicios vitales de los que depende nuestra vida; la actividad humana está causando que la diversidad de la vida en la Tierra se pierda a una gran velocidad; reflexionemos sobre nuestros logros para salvaguardar la biodiversidad y centrémonos en la urgencia de nuestro reto para el futuro.
El Año Internacional de la Biodiversidad pretende llamar así la atención sobre la importancia de la biodiversidad en todo el mundo. Es una celebración de la vida, cuyos objetivos son, entre otros, el aumentar la conciencia de la importancia de la conservación de la biodiversidad para el entendimiento humano, el bienestar, promover el valor económico de la biodiversidad y mejorar el conocimiento público de las amenazas a la biodiversidad y los medios para conservarla, además de alentar a las organizaciones (y los individuos a través de ellas) para tomar las actividades de conservación directa o indirecta de la diversidad biológica. La Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro en 1992, estableció un Convenio sobre la Diversidad Biológica, un tratado internacional para la conservación y uso sostenible de la biodiversidad, que ahora se recuerda.
Los países implicados en dicho Convenio se comprometían entonces a conservar y utilizar de modo sostenible la biodiversidad y la distribución equitativa de los beneficios de la diversidad de especies, para llegar a este 2010 con una reducción significativa de la tasa de pérdida de biodiversidad a nivel global, regional y nacional, como una forma de contribuir al alivio de la pobreza y beneficiar toda forma de vida sobre la tierra. Desafortunadamente, como ha mostrado hace no más que una semana la 8ª edición del Informe Planeta Vivo presentada por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), subsiste hoy una tasa alarmante de pérdida de biodiversidad en los países con ingresos bajos; en este sentido, WWF afirma que las naciones ricas deben encontrar formas de vivir sin presionar tanto a la Tierra, para reducir considerablemente su huella. Esto es especial-mente preocupante en relación con su dependencia de los combustibles fósiles.
El Informe muestra que hemos duplicado nuestras demandas sobre el mundo natural desde los años 60; en concreto, un 50% en 2007 respecto a 1966. El Índice Planeta Vivo, de otro lado, evidencia que la sa¬lud de los ecosistemas ha disminuido un 30%; a la vez, denuncia que, con el actual modelo, la humanidad utilizará los recursos de 2 planetas para 2030 y de 2,8 para 2050. Con la recopilación de datos de más de 150 países analizados, el Informe indica que el rápido crecimiento económico genera un continuo aumento de la demanda de recursos para alimentos y bebida, energía, transporte y productos electrónicos, espacio vital y para depositar residuos, especialmente el dióxido de carbono procedente de la quema de combustibles fósiles. Los efectos, advierte, son claramente visibles en los índices del mundo tropical y de los países más pobres, que han disminuido un 60% desde 1970. Y se agrava.
18 de octubre de 2010.
(Publicado: Revista Siempre!, México, 24 de octubre de 2010)
El Otoño del Imperio
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lunes, 18 de octubre de 2010
miércoles, 22 de septiembre de 2010
El Día Internacional de la Paz
Jesús Hernández Garibay
El Día Internacional de la Paz fue establecido en 1981 mediante la resolución 36/37 de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para que coincidiera con su sesión de apertura, la cual se celebraba anualmente el tercer martes de septiembre; el primer Día de la Paz se celebró en septiembre de 1982. En 2001, la Asamblea General adoptó por votación unánime la resolución 55/282, la cual fijaba el día 21 de septiembre como el día anual para la no violencia y el cese del fuego. De esta manera, las Naciones Unidas invitaba a todas las naciones y pueblos a cumplir con el cese de las hostilidades durante el Día y a conmemorarlo además a través de la educación y de la concienciación pública en temas relacionados con la paz, a la vez que a colaborar con la misma ONU en el establecimiento de un cese del fuego a nivel mundial.
Así, de entonces acá se ha evocado cada año este día, como “dedicado a conmemorar y fortalecer los ideales de paz en cada nación y cada pueblo y entre ellos…”, según rezan las intenciones de dichas resoluciones; un ideal en verdad difícil de alcanzar, en medio del clima hostil del mundo contemporáneo y los grandes intereses detrás del constante batallar por mantener las guerras y los conflictos nacionales o internacionales. Como ha sido reconocido, tan sólo el comercio de armas pequeñas se encuentra peligrosamente desbocado: se estima que hay en la actualidad unas 639 millones de armas pequeñas circulando en el mundo ―una para cada diez personas― y cada año se producen 8 millones más. Estas armas, fabricadas por más de mil empresas en al menos 98 países, facturan alrededor de 4 mil millones de dólares al año.
Esa proliferación cobra un alto precio en términos de vidas humanas, pues se estima que tan sólo por armas de fuego muere una persona cada minuto a nivel mundial; esto es, más de 500 mil muertes al año. Así, mientras países como Estados Unidos hacen pública su preocupación por las armas biológicas y las nucleares, son armas convencionales como las pistolas y los revólveres comunes las que más matan. Ante ello, de acuerdo con expertos América Latina es líder mundial en el desarrollo de instrumentos regionales para enfrentar la violencia armada; la Convención Interamericana contra la Fabricación y el Tráfico Ilícito de Armas de Fuego (1997) y el Reglamento Modelo para el Control del Tráfico Internacional de Armas de Fuego (1998) de la OEA fueron los primeros mecanismos regionales en el mundo a tratar estos temas, y son reconocidos por su rigor.
A nivel subregional, el Sistema de Información sobre Seguridad del Mercosur (SISME) fue acordado en 1998 para centralizar e intercambiar información sobre registro de armas de fuego, y en Centroamérica hay un Tratado de Seguridad Democrática sobre control de armas. No obstante, muchos reconocen que también subsiste una lamentable falta de implementación de estos importantes esfuerzos para controlar las transferencias intrarregionales de armas. Y es que en el mismo minuto en que una persona muere como consecuencia de la violencia armada se fabrican y ponen a la venta 15 nuevas armas más. Así, el trasiego de armas de los centros manufactureros a los grupos que hacen uso de dicho poder de fuego resulta ―como bien se sabe a propósito por ejemplo de bandas de narcotraficantes en México― imparable, a pesar de los esfuerzos o las pretensiones de los gobiernos. Un asunto que da mucho de qué hablar, en el entorno del así llamado “libre mercado”.
22 de septiembre de 2010.
(Publicado: Revista Siempre!, México, 26 de septiembre de 2010)
El Otoño del Imperio
El Día Internacional de la Paz fue establecido en 1981 mediante la resolución 36/37 de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para que coincidiera con su sesión de apertura, la cual se celebraba anualmente el tercer martes de septiembre; el primer Día de la Paz se celebró en septiembre de 1982. En 2001, la Asamblea General adoptó por votación unánime la resolución 55/282, la cual fijaba el día 21 de septiembre como el día anual para la no violencia y el cese del fuego. De esta manera, las Naciones Unidas invitaba a todas las naciones y pueblos a cumplir con el cese de las hostilidades durante el Día y a conmemorarlo además a través de la educación y de la concienciación pública en temas relacionados con la paz, a la vez que a colaborar con la misma ONU en el establecimiento de un cese del fuego a nivel mundial.
Así, de entonces acá se ha evocado cada año este día, como “dedicado a conmemorar y fortalecer los ideales de paz en cada nación y cada pueblo y entre ellos…”, según rezan las intenciones de dichas resoluciones; un ideal en verdad difícil de alcanzar, en medio del clima hostil del mundo contemporáneo y los grandes intereses detrás del constante batallar por mantener las guerras y los conflictos nacionales o internacionales. Como ha sido reconocido, tan sólo el comercio de armas pequeñas se encuentra peligrosamente desbocado: se estima que hay en la actualidad unas 639 millones de armas pequeñas circulando en el mundo ―una para cada diez personas― y cada año se producen 8 millones más. Estas armas, fabricadas por más de mil empresas en al menos 98 países, facturan alrededor de 4 mil millones de dólares al año.
Esa proliferación cobra un alto precio en términos de vidas humanas, pues se estima que tan sólo por armas de fuego muere una persona cada minuto a nivel mundial; esto es, más de 500 mil muertes al año. Así, mientras países como Estados Unidos hacen pública su preocupación por las armas biológicas y las nucleares, son armas convencionales como las pistolas y los revólveres comunes las que más matan. Ante ello, de acuerdo con expertos América Latina es líder mundial en el desarrollo de instrumentos regionales para enfrentar la violencia armada; la Convención Interamericana contra la Fabricación y el Tráfico Ilícito de Armas de Fuego (1997) y el Reglamento Modelo para el Control del Tráfico Internacional de Armas de Fuego (1998) de la OEA fueron los primeros mecanismos regionales en el mundo a tratar estos temas, y son reconocidos por su rigor.
A nivel subregional, el Sistema de Información sobre Seguridad del Mercosur (SISME) fue acordado en 1998 para centralizar e intercambiar información sobre registro de armas de fuego, y en Centroamérica hay un Tratado de Seguridad Democrática sobre control de armas. No obstante, muchos reconocen que también subsiste una lamentable falta de implementación de estos importantes esfuerzos para controlar las transferencias intrarregionales de armas. Y es que en el mismo minuto en que una persona muere como consecuencia de la violencia armada se fabrican y ponen a la venta 15 nuevas armas más. Así, el trasiego de armas de los centros manufactureros a los grupos que hacen uso de dicho poder de fuego resulta ―como bien se sabe a propósito por ejemplo de bandas de narcotraficantes en México― imparable, a pesar de los esfuerzos o las pretensiones de los gobiernos. Un asunto que da mucho de qué hablar, en el entorno del así llamado “libre mercado”.
22 de septiembre de 2010.
(Publicado: Revista Siempre!, México, 26 de septiembre de 2010)
El Otoño del Imperio
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